«El matrimonio es la principal causa de divorcio«.

Groucho Marx, comediante.

«No tengo miedo al compromiso, tengo miedo de comprometerme con alguien que no se comprometa conmigo».

Mensaje escrito en Instagram, julio de 2018.

 

El cortejo en los siglos XVIII y XIX

El proceso del cortejo amoroso tiene su historia. Las actitudes hacia las conductas sexuales, el compromiso y la aceptación de la pareja han sido variables según las diferentes épocas. Por ejemplo, durante los siglos XVIII y XIX las mujeres tendían a mostrar una actitud discreta en cuanto a la expresión de sus deseos sexuales o de sus sentimientos románticos (Eva Illouz: 2012). Esta discreción era motivada por contratos ocultos que exigían a la mujer cierta reticencia sexual y, por otro lado, se pretendía que su conducta fuera reactiva o reticente en la primer etapa del cortejo, de manera tal que no se la percibiera como accesible a los avances del pretendiente.

Hasta ese momento, tanto a hombres como a mujeres, se les exigía la abstinencia sexual hasta el matrimonio, sin embargo el énfasis se puso sobre ellas debido a la creencia victoriana acerca de que tenían un apetito sexual incontrolable[1]. Sin embargo, esta creencia cambió radicalmente y, en sentido contrario, se comenzó a creer que las mujeres podían naturalmente resistir a las tentaciones sexuales, por lo que serían las que manejaran los avances masculinos. Este supuesto expresa un nuevo modo de concebir la naturaleza femenina, y de la actitud esperable respecto del ejercicio de la sexualidad, donde se les exige mantener abstinencia como una prueba y una señal de virtud, que las ayuda a autogenerar una reputación favorable para el mercado del matrimonio. Por parte de los hombres, ahora las mujeres comenzarían a ser un desafío de “conquista” frente a la resistencia y negación femenina. Desde esta concepción, el cortejo  comienza a percibirse como una lucha de voluntades, donde el hombre debe quebrar la voluntad femenina a costa de diferentes artilugios, y la mujer debe presentarse como aquella que no desea.

A partir de este momento, la abstinencia sexual por parte de las mujeres comienza a ser vista como virtud por la sociedad y este ideal se eleva a tal grado que les roban su sexualidad. En este aspecto, la religión plantea una ideología de abstinencia y pureza que engrandece a la mujer llevándola a status de respetabilidad que la transforma en una virgen o mujer virtuosa. Esto habría generado una sanción moral sobre todas aquellas que no adscribían a esta ideología. La mujer virtuosa y deseable sería ahora la que carecía de motivaciones carnales (Eva Illouz: 2012), en consecuencia, las mujeres comenzarían a ser vistas como objetos de cortejo s, pero no podrían ser las que cortejaran, ya que esto derivaría en calificarlas como promiscuas. En cuanto al hombre, debía mostrarse más activo y comenzaría a quedar más expuesto durante el proceso de cortejo. A partir de allí, las mujeres comenzaron a no exponer sus sentimientos sin antes haber recibido una propuesta de matrimonio, ya que temían no ser correspondidas. Esto generó, para los hombres, una serie de pruebas donde debían mostrar sus intenciones y proporcionar a ellas la seguridad de su cariño. De allí nace la propuesta de matrimonio, las cartas de amor, los presentes, etc. Así surge también una especie de maquinaria de “conquista” donde el fin último es obtener el sí de parte de ellas.

Eva Illouz afirma que “(…) como iniciadores del matrimonio, (los hombres) eran los más vulnerables en la transacción: debían mostrar pasión y la fuerza de los sentimientos, pero a la vez debían ejercer el autocontrol para protegerse de no quedar demasiado expuestos ante la posibilidad de un rechazo” (2012: 90).

En el siglo XIX era común que el hombre no mostrara ambivalencias en lograr el objetivo de casarse. Por ejemplo, esto puede verse en las ceremonias de casamiento donde es él quien esperaba con ansiedad a la prometida, la cual hacia esperar al prometido. El hombre era más propenso a exteriorizar sus emociones por la amada, o sea que el compromiso no representaba un obstáculo, debido a que el estatus social masculino dependía, en gran parte, del matrimonio. La masculinidad se definía, en ese momento, como la capacidad de sentir y expresar emociones fuertes, hacer y cumplir promesas sin dudar. El carácter, la credibilidad y el compromiso eran marcas de un hombre virtuoso. Un ejemplo de esto, era el pedido de la mano, el cual era un acto de “masculinidad” que era valorado.

De esta manera se fue organizando el código moral matrimonial, que, a su vez, se conjugaba con el aspecto económico del matrimonio, ya que implicaba una dote, la cual transformaba el compromiso interpersonal entre los cónyuges, en un sistema más amplio de obligaciones económicas, familiares y sociales (Eva Illouz: 2012). Este compromiso no podía ser quebrado y los hombres quedaban inmersos en un pacto moral y económico. Quebrar esta obligación era percibido como una deshonra.

El compromiso en la actualidad

A partir de mediados del siglo XX se observa un cambio radical en la naturaleza del compromiso masculino y femenino. Las principales tendencias muestran un aumento en la edad promedio de los cónyuges, lo que indica una dilación de la decisión de casarse, un aumento de los hogares unipersonales, menos durabilidad de los matrimonios, altas tasas de divorcios y más parejas que no institucionalizan sus relaciones, al mantener una unión informal. Sobre esto último, Irene Meler (1998) afirma:

Esta tendencia hacia la institucionalización de la pareja conyugal, que podríamos llamar “dispositivo de emparejamiento” ya que reconoce cierta especificidad respecto del imperativo para constituir una familia, es todavía muy poderosa, pero hace pocos años comenzó a declinar, apareciendo un proceso de informalización de las uniones que se observa de forma incipiente pero en rápido ascenso en todos los sectores sociales. Es cada vez más frecuente que los jóvenes de sectores medios convivan sin casarse, práctica que antes fue considerada poco honorable y que sólo se encontraba entre los desposeídos.

 

Este cambio en el compromiso amoroso obedece a múltiples factores, entre ellos: la ruptura con las pautas sociales y familiares establecidas para el cortejo, el deseo de los jóvenes de no repetir las exigencias a las cuales estaban sometidos sus padres, la flexibilidad en las relaciones de pareja y el surgimiento de leyes que permiten el divorcio. Isabella Cosse, en su trabajo sobre Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta coincide en destacar los cambios de las categorías de análisis del compromiso, entre ellos el del noviazgo (Cosse: 2010):

Al igual que en el pasado, el noviazgo constituía una etapa durante la cual la pareja debía conocerse, probar compatibilidad y lograr el complejo equilibrio entre mantener la autonomía y crear una identidad común. La diferencia radica en las formas y los significados de la preparación. En ese sentido, comenzó a priorizarse la posibilidad de conocerse profundamente, de compartir la mayor cantidad de experiencias y de enfrentarse a situaciones variadas que pusieran a prueba la relación. Esto supuso una nueva forma de entender cómo alcanzar el conocimiento mutuo, que otorgó a los noviazgos un carácter menos definitivo y más sujeto a la experiencia. De allí que la descompresión de las convenciones haya sido simultanea al reforzamiento de las expectativas subjetivas que la pareja depositaba en el noviazgo.

El compromiso ya no estaba bajo la vigilancia de la familia y la sociedad. Los jóvenes comenzaron a disponer de una ampliación de espacios y actividades compartidas. Antes era muy complejo burlar la guardia familiar ya que existían protocolos de visitas donde se establecían horarios, lugares y acompañantes. Generalmente, eran las madres quienes acompañaban a sus hijas al encuentro y vigilaban, atentamente, los movimientos de los novios. Esto cambió y fue imponiéndose, poco a poco, integración del novio a la dinámica familiar. Este proceso no fue simple, ya que antes no se permitía al novio entrar a la casa sin que antes pidiera, formalmente, la mano de la novia.

Además de estos cambios en la forma de interpretar el compromiso en el noviazgo, surgieron nuevas categorías como la convivencia, los noviazgos a largo plazo sin casarse, y las parejas que están juntas pero viven separadas (living apart together en inglés). Por otro lado, se comienza a flexibilizar el compromiso a partir de relaciones sin la exclusividad propia de los siglos XVIII y XIX, como las parejas abiertas o el poliamor.

Ahora bien, esta flexibilización del compromiso fue tanto para hombres como para mujeres, aunque parece tener un carácter altamente masculino. Una posible explicación, de este desapego por parte de los varones respecto del compromiso, es la que brinda Nancy Chodorow, quien explica que “(…) las diferencias entre el compromiso de los varones con el de las mujeres proviene de la estructura de la célula familiar moderna, en que las mujeres son responsables del cuidado de los niños, por lo cual las niñas crecen sin rupturas en la identificación con la madre y se esfuerzan durante toda la vida adulta para reproducir relaciones de fusión con otras personas, mientras que los niños se desarrollan con un sentido muy agudo de la separación y se esfuerzan en lograr la autonomía. Los varones aprenden a separarse, las niñas, a vincularse” (Chodorow: 1984). Sin embargo, el análisis de las relaciones de compromiso no puede limitarse solamente a la educación familiar, sino que existen muchos fenómenos que pueden ayudarnos a profundizar nuestras observaciones.

En los mercados matrimoniales premodernos, las elecciones estaban configuradas por la interacción estrecha del yo con la familia y el entorno laboral. En cambio, en los mercados matrimoniales posteriores aparentemente se opera mediante una serie de encuentros que parecen libres y carentes de restricciones entre personas que ejercen su facultad de elección, ejercida de modo constante (Eva Illouz: 2012). Esto genera la necesidad de evaluar las posibles parejas y se pone en juego capacidades afectivas y cognitivas que llevan a las personas a decidir, en base a su propia capacidad de sostener las emociones en el tiempo.

Conclusión

La elección en la actualidad combina al menos tres elementos. En primer lugar, la cantidad de opciones que tiene una persona se amplían y generan cierta incertidumbre o por lo menos una actitud dubitativa. En segundo lugar, se sopesan las necesidades, las emociones y las preferencias cambiantes, en un proceso continuo de introspección que genera miedos y fantasías. Y en tercer lugar, las preferencias personales en cuanto al estilo de vida, que demandan, en la sociedad de consumo propia del siglo XXI, una constante renovación. Estos tres elementos generan inhibición ante  la decisión y el compromiso.

Retomando a Eva Illouz, podemos concluir que el miedo al compromiso es provocado, principalmente, por los efectos que provoca en el proceso de decisión la abundancia de la oferta, lo que indica una mayor disponibilidad de opciones que no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto, en una sola relación. Este exceso de opciones motiva a las personas a efectuar comparaciones, lo que a la vez disminuye la capacidad de tomar decisiones rápidas y asumir riesgos.

 

Bibliografía

Bauman, Z. (2003), Amor líquido, acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Buenos Aires, Argentina: FCE.

Burin, M. y Meler, I. (1998) Género y familia, Cap. 6:“Amor y Convivencia entre los Géneros a fines del siglo XX”, Buenos Aires, Argentina: Paidós,.

Chodorow, N. (1984), El ejercicio de la maternidad. Psicoanálisis y sociología de la maternidad y paternidad en la crianza de los hijos, Barcelona, España, Gedisa.

Cosse, I. (2010), Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI editores.

Illouz, E. (2012), Por qué duele el amor, una explicación sociológica, Buenos Aires, Argentina: Katz.

[1]Según Nancy Cott “las hijas de Eva eran tenidas por más propensas a los excesos de pasión porque se consideraba que el control racional femenino era débil”, cit. por Eva Illouz, 2012, p. 89