¿Qué significa ser hombre?

—Querida madre —dícele Telémaco—, vuelve, pues, a tus habitaciones,

reanuda tus labores habituales, la tela y el huso,

después puedes dar órdenes a tus mujeres para que se den prisa en sus trabajos;

el cuidado de la palabra corresponde a los hombres, y especialmente a mí,

 porque es a mí a quién el poder en este palacio me ha sido dado.

Homero, Odisea, Canto I

Introducirnos a los estudios de género siempre implica una relectura de los discursos que han sido generadores de una cultura implicada en la subordinación de un género hacia otro. Partiendo de la noción de complejidad para el análisis de la subjetividad, propuesta por Burin y Meler (2000), y de una flexibilidad intelectual para abordar los modos de pensar la masculinidad, este escrito pretende iniciar un acercamiento a los tradicionales modos de inscripción genérica descriptos habitualmente como pertenecientes a la subjetividad masculina.

El concepto de género, como herramienta para el estudio de la subjetividad masculina nos permite comprender de qué manera se han atribuido ciertas significaciones al hecho de ser varón o ser mujer en cada cultura y en cada sujeto (Burin, M., Meler, I., 2000). John Money (1955), desde el campo biológico, creó el sistema sexo-género como categoría de análisis de esta regulación social y observó que existe una polarizada y diferenciada actitud parental que organizan la experiencia social y subjetiva del sujeto, según su sexo. Es así que “sellan” o asignan, de alguna manera, su propia subjetividad de género en el infante. Ahora bien, esta subjetividad está diferenciada entre hombres y mujeres, pero a su vez incluyen las fantasías paternas y maternas sobre lo que “debe” ser un hombre o una mujer.

Money sostuvo que esta asignación de género tiene prevalencia sobre los aspectos biológicos. Es entonces, a partir de ese momento, que el inmutable reduccionismo biológico, aquel que eternizaba “lo masculino” y “lo femenino”, comienza a ser puesto entre signos de interrogación.

Más adelante, Gayle Rubin (1975), antropóloga feminista, entiende que este dispositivo creado por Money no solo sirve para referirse al sexo del sujeto y su subjetividad, sino también para describir un dispositivo de regulación social que posiciona a las mujeres en un estado de sumisión y por otro lado, de dominancia social de los varones. Posteriormente, sobre este mismo concepto de implantación o de “troquelado” de la subjetividad del género de forma exógena, Emilce Dio Bleichmar (1985) postula, desde el psicoanálisis, que la sexualidad de las niñas, quienes en su carácter de objetos de un deseo cargado de connotaciones abusivas, son de algún modo violentadas en su inmadurez por una mirada masculina deseante que, de ese modo, afirma un narcisismo sustentado en la capacidad de dominación. Entiende que las mujeres han enfrentado, en el orden cultural, un régimen androcéntrico que las ha forzado a ser objetos deseables y no deseantes. Para Emilce Dio Bleichmar el género interviene en que troquelado iniciático de la subjetividad en lo que hace a la identidad sexual y la elección del objeto sexual[1].

Mabel Burin e Irene Meler (2000) proponen el género como categoría de análisis y entienden que, entre sus características, el género es siempre relacional, es decir, que nunca aparece de forma aislada sino marcando su conexión. Las autoras comprenden que los estudios de género aluden a las relaciones entre el género femenino y el género masculino, así como a las relaciones intragénero. De esta manera, advertimos que no podemos aislar ni tratar de comprender un género sin las relaciones de poder que pueden ejercerse sobre el otro o los otros géneros.

A partir de esta mirada podemos percibir que la construcción social y cultural del género es factible de cambio. Por supuesto que existen varios obstáculos que se han desarrollado históricamente para sostener, mantener y “naturalizar” estas desigualdades de género. El espacio de este trabajo no nos permitirá reflexionar sobre los mismos, pero sí comenzar a delinear algunos puntos sobre la construcción de la masculinidad en Occidente que nos abrirán un abanico de temas para desarrollar en futuros trabajos académicos.

Uno de los primeros obstáculos que encontramos en este recorrido de cambio hacia una perspectiva de género es la construcción de la masculinidad. Históricamente se ha buscado definir la masculinidad, pero es recién en los años 70, inicialmente en los países anglosajones, cuando los hombres comienzan a interrogarse sobre su identidad (Burin, M., 1987). En los años 80, y aun más en los 90, comienza a vivirse con angustia y de forma crítica la condición masculina, donde el rol de género, que históricamente se había sustentado como proveedor económico de la familia, como líder intelectual – espiritual y como portavoz de los demás seres humanos, entra en crisis. A partir de estos cambios, que por supuesto tienen múltiples causas, se comienza a deconstruir la identidad masculina.

Al respecto Luís Bonino Méndez (1997) propone un esquema sobre la construcción de la masculinidad tradicional partiendo del modelo de “Ideal Masculino” que describen Débora David y Robert Brannon (citados por E. Badinter, 1992) donde plantea que existe un ideal social y subjetivo de autosuficiencia que le permite al hombre establecer dominio y control. Este mismo pilar de autosuficiencia es el que encontramos en la cita de la Odisea de Homero del inicio de este trabajo, donde Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, manda a callar a su madre. Anteriormente, ella desciende de sus aposentos privados a la sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta sobre su esposo ausente. Ella reclama que deje de cantar y en ese momento su hijo la manda a su habitación, a sus quehaceres “de mujer” y a su vez, le indica que él es quien tiene el poder del gobierno del palacio. Esto lo hace frente a todos los presentes, reafirmando su autosuficiencia a partir de un ideal de dominio y control. Este canto homérico ejemplifica al menos dos de los pilares que desarrolla Bonino Méndez en su esquema.

El primer pilar se sostiene sobre la hipótesis de que “la masculinidad se produce por desidentificación con lo femenino”. En el discurso de Telémaco lo femenino debe ser acallado, resguardarse en lo privado, no meterse en lo público. Porque es el hombre quien debe tener el poder del discurso, no la mujer. Recordemos que Penélope era vista como esposa de Ulises, lo que implicaba que solo podía estar dentro de los espacios privados del palacio y realizando tareas típicamente femeninas[2] y por otro lado, el ciudadano de élite de Roma se definía como virbonusdicendiperitus: un hombre bueno diestro en el discurso. Lo femenino era el silencio, lo masculino era el discurso público, por supuesto contando con la aprobación los demás hombres. Lo femenino era el sexo atrofiado, el otro sexo, un sexo deficitario, el segundo sexo en términos de Simone de Beauvoir.

El segundo pilar de la masculinidad tradicional que propone Bonino Méndez es “la identificación con el padre”. Sabemos que Telémaco es heredero de Ulises, desea su encuentro y de no ser así, debe tomar el lugar de su padre en el reino de Ítaca. Ulises es una persona destacable, importante y Telémaco busca identificarse con él, no con su madre. El aedo está cantando las hazañas de su padre y él quiere escucharlas. Su madre no, porque le genera angustia el no saber el paradero de su esposo y le desagrada tener la obligación de escucharlo. Sin embargo, el hijo quiere seguir los pasos grandilocuentes de su progenitor, a quien no conoce, pero que debe acuñar como modelo fundante de su masculinidad. Telémaco desea construir su identidad sobre la base de la subjetividad de su padre, por esto mismo necesita escuchar cómo se “debe ser”[3]. Recordemos que Telémaco no conoce a su padre ya que se ausentó dirigiéndose a Troya en el momento que Penélope estaba embarazada de él. Esto reafirma el deseo del joven de tener una idea simbólica-organizadora sobre la cual construir su masculinidad.

Pierre Bourdieu (1998:11), partiendo de un método relacional y tratando de desenredar las oposiciones simbólicas entre lo femenino y lo masculino, explica que

la fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla. El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya: es la división sexual del trabajo, distribución muy estricta de las actividades asignadas a cada uno de los dos sexos, de su espacio, su momento, sus instrumentos; es la estructura del espacio, con la oposición entre el lugar de reunión o el mercado, reservados a los hombres, y la casa, reservada a las mujeres.

Esto nos permite entender el concepto de reproducción de la dominación masculina, la cual se nutre, no necesariamente del encuentro con el otro, sino de lo que el otro representa simbólicamente y que es “eternizado” por el trabajo realizado por las instituciones como la familia, el Estado, la iglesia, etc. Esto constituye un poder que va más allá de ese encuentro con el propio padre, está constituido más allá de las relaciones presenciales. Es, entonces, cuando se reafirma que la identidad del género masculino esta tejida por un complejo entramado social, cultural, psíquico y espiritual. Esto podría representar una oportunidad para que “Telémaco” o la representación de hombre “en construcción”, logre deconstruir esa subjetividad impuesta y construya una subjetividad propia. Sin embargo, se le impone una ideología de la masculinidad patriarcal dominante que le dicta que debe hacer callar a la mujer para ser hombre, que debe enviarla adentro para que él sea fuerte fuera, que la mande a hacer “cosas de mujer” para él poder destacarse en las cosas “de hombre”.

Llegando al final de este pequeño esbozo sobre la subjetividad masculinidad debemos volver a preguntarnos ¿qué significa ser hombre? ¿existe una forma de serlo? ¿Por qué seguimos sumergidos en una ruta que nos lleva a una desenfrenada carrera por la dominación? ¿Nos cansaremos los hombres de tratar de ser este “hombre” que se le impuso a Telémaco? ¿será el momento histórico-cultural de abandonar al “macho con voz estruendosa” de Virginia Wolf? Cierro este pequeño trabajo haciendo silencio y escuchando la voz de una mujer:

«Inevitablemente, vemos la sociedad como un lugar de conspiración que engulle al hermano que muchos de nosotros tendrían razones para respetar en la vida privada, e imponernos en su lugar un macho monstruoso, con una voz estruendosa, con mano dura, que, de una manera pueril, anota en el suelo signos con tiza, líneas de separación mágicas entre las cuales aparecen, hieráticos, rígidos, separados y artificiales, los seres humanos. Estos lugares en los que, vestido de oro y púrpura, adornado con plumas como un salvaje, ejecuta unos ritos mágicos y disfruta de los dudosos placeres del poder y del dominio, mientras que nosotras, «sus» mujeres, permanecemos encerradas en la vivienda familiar sin que se nos permita participar en ninguno de los numerosos hechos sociales que componen su sociedad.»[4]

 

 

Bibliografía

Badinter, E. (1992), XY la identidad masculina, Alianza Editorial, Madrid.

Bonino Méndez, L. (1997), “Comunicación personal”, Madrid.

Bourdieu, P. (1998), La dominación masculina, Anagrama, Barcelona.

Burin, M. y col. (1987), Estudios sobre la subjetividad femenina, GEL, Buenos Aires.

Burin, M., Meler, I. (2000), Varones, género y subjetividad masculina, Paidós, Buenos Aires.

Dio Bleichmar, E. (1985), El feminismo espontáneo de la histeria, Madrid, ADOTRAF.

Gayle, R. (1975), “El tráfico de mujeres : Notas sobre la economía política del sexo”, en Marysa Navarro y Catharine Stimpson (comps.), ¿Qué son los Estudios de Mujeres?, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina, 1998.

Meler, I. (2013), Recomenzar: amor y poder después del divorcio, Buenos Aires, Paidós.

Money, J. (1955), Desarrollo de la sexualidad humana, Madrid Morata, 1982.

Wolf, V. (1938): Three Guineas, en A Room of One’s Own and Three Guineas, Penguin Books, Londres-Nueva York.

[1] Meler, Irene, “Concepto de género”, UCES, Ciudad de Buenos Aires, 11 de abril de 2019.

[2]Laura Wagner Tinoco, graduada en Historia y que ha estudiado el Máster de Igualdad y Género en la Universidad de Málaga, explica que las esposas (gyné) era el destino general de la gran mayoría de mujeres en Grecia. En la cúspide estaban las esposas de los aristócratas, quienes a pesar de ser “libres” debían permanecer prácticamente todo el tiempo recluidas en el hogar, pues se esperaba de ellas un comportamiento intachable. Las mujeres de un estatus social más o menos elevado, las señoras de la casa, debían cuidar de su hogar y también de ellas se esperaban ciertos comportamientos y que cumpliesen ciertas normas. Sin embargo, no todas podían quedarse recluidas al ámbito doméstico, pues las mujeres de estatus social más bajo necesitaban trabajar fuera del hogar, teniendo en el Ágora puestos de frutas, flores, perfumes, etc., y siendo parteras, entre otros. En definitiva podían encargarse de trabajos “típicamente femeninos”. Fuente: https://www.historiaeweb.com/2017/10/24/mujer-antigua-grecia/

[3] Sobre esta formación subjetiva del género masculino, Jessica Benjamin (1996) sugiere que el varón es imaginado como un “yo” aun sin subjetividad y a esto lo llama identificación génerica nominal. Esta identificación forma o constituye el núcleo o “carozo” desde donde se construye el género a partir de prácticas, hábitos, estereotipos de género, etc.

[4] Wolf, Virginia (1938): Three Guineas, en A Room of One’s Own and Three Guineas, Penguin Books, Londres-Nueva York, pp. 230-231. Citado en Pierre Bourdieu, 1998, página 4.