Los estudios de nuestros hijos

¿Hasta dónde el rendimiento es responsabilidad de los docentes y hasta dónde es de nuestros hijos? ¿Puedo ayudar en algo que no sé? ¿Qué podemos hacer los padres frente a los estudios de nuestros hijos? Si pago por algo, ¿no es justo que se haga bien? Estas y muchas preguntas más se nos presentan a la hora de pensar en los estudios de nuestros hijos, cosa que hacemos, generalmente, en el momento en que traen sus notas a casa y nos toman por sorpresa. Pensemos en nuestro rol educativo como padres y veamos de qué manera podemos acompañar el desarrollo intelectual de nuestros hijos…

Como primer paso para evaluar nuestra función en la educación de nuestros hijos e hijas debemos revisar el concepto que tenemos sobre los estudios y la  actitud asumimos frente a su desarrollo educativo.

Valorar sus logros. Desde nuestra infancia nos han marcado que estudiar es esencial para el desarrollo de nuestro futuro, pero muchas veces el énfasis solo se hace en el rendimiento. Parece que este determinara la entrada al mundo de las posibilidades en el ámbito profesional y, aún peor, la felicidad y la realización personal. A raíz de esta concepción de la educación, un tanto reduccionista aunque no mal intencionada, quizás hemos incorporado la idea de que la competencia es la base de la supervivencia en la vida y esto mismo les hemos transmitido a nuestros hijos. Si esta es nuestra actitud, nos estamos olvidando del valor que tiene la educación como proceso. Nuestros hijos no son meros autómatas; tienen logros cotidianos, quizás pequeños, pero que hacen a su libertad y autonomía. Si se encuentran condicionados por lo que generalmente se llama el ‘perfil del buen alumno’ que tenemos en mente o que nos han transmitido, podemos coartar su desarrollo personal. Reaccionar frente a los malos resultados de nuestros hijos como si fuera el fin del mundo solo les causará temor y los alejará de la posibilidad de disfrutar los estudios.

Ser parte. Otra de las concepciones erradas que quizás hemos adoptado como padres ha sido la de no involucrarnos por creer que “no sabemos nada de esa materia”. Este comportamiento puede generarnos grandes expectativas sobre los resultados finales que obtengan nuestros hijos y, a la vez, ansiedad constante por no ser parte del proceso educativo. Sin embargo, siempre podemos ser parte supervisando su aprendizaje, el lugar y el tiempo que le dedican, su laboriosidad en las tareas.

Superar la mentalidad de cliente. También puede ocurrir que como padres tengamos la conocida ‘mentalidad de clientes’ frente al desarrollo educativo de nuestros hijos. Es decir, que seamos exigentes con los profesores y los directivos por el solo hecho de ser quienes pagamos la cuota del colegio. Al pensar de este modo, corremos el riesgo de creer que no es necesaria nuestra  participación activa ni la de nuestros hijos en el proceso educativo y que los docentes tienen toda la responsabilidad y la autoridad. Esta actitud tiene un dejo de abandono, ya que nuestra misión educativa abarca acompañar a nuestros hijos y ser parte activa en el proceso. Si nos interesan solamente las notas y vemos al colegio como un espacio de gestión para que nuestro hijo apruebe y no somos parte de ninguna manera en el proceso de aprendizaje, quizás tengamos esta mentalidad.

 

¿Cómo pensar de otra manera la educación?

Nuestra mirada hacia el desarrollo educativo de nuestros hijos e hijas tiene que poder contemplar que ellos son personas con un potencial a desarrollar. Dejemos de lado la idea de ‘alumnos intachables’ y animémoslos a disfrutar del proceso, a alcanzar logros y a ser responsables de sus procesos. Cuando nuestros hijos se dan cuenta de que pueden alcanzar sus metas y de que son responsables de sus logros, comienzan a disfrutar lo que hacen. Nuestra labor es acompañarlos en todo este camino, no solo en lo que implica la adquisición de conocimientos técnicos, sino también en todos los otros aprendizajes del proceso.

Por otro lado, es importante que comencemos a ver al colegio como un colaborador, es decir que podamos cooperar con los profesores y directivos, considerándolos una ayuda y no los únicos responsables de la educación de nuestros hijos. Busquemos trabajar juntos y con el objetivo de que disfruten de su desarrollo en el aprendizaje, démosle al centro educativo autoridad sobre nuestros hijos y posicionémonos del mismo lado.

También es necesario crear un ambiente saludable para el estudio en nuestro hogar y la forma más eficaz de hacerlo es proporcionando todo lo necesario para las tareas educativas, siendo padres que también buscan desarrollarse permanentemente y dándole un espacio importante al disfrute  por la formación educativa.

Por último, es importante comenzar a orientar a los hijos para el buen uso del tiempo libre, dándoles referencias para una buena administración de sus agendas, ya que las demandas sociales cada vez serán mayores y, por supuesto, el ocio (espacio personal de disfrute en actividades que le permiten generar nuevos desafíos intelectuales y espirituales) tiene un lugar especial a esta edad y es conveniente que lo desarrollen saludablemente.

 

Los hijos que quieren abandonar sus estudios

Existen muchos adolescentes que luego de alcanzar la educación primaria y avanzar algunos años en la secundaria o universitaria deciden abandonar sus estudios. Esto suele preocuparnos por varias razones: vemos que tienen oportunidades de seguir adelante en el desarrollo de su potencial, tememos a que dejen de estudiar y truncar sus oportunidades económicas, por el qué dirán los demás, etc.. En estos casos es bueno reflexionar sobre cuáles son las causas del abandono prematuro de sus estudios y cuáles serían algunas posibles soluciones.

Una de las causas del abandono puede ser la búsqueda de independencia y de cierto estatus. La influencia de sus amigos, las presiones por tener su propio dinero y el deseo de no molestar a sus padres con sus demandas pueden ser  algunos de los móviles de esta decisión. También puede suceder que, al ver que sus padres han llegado al mismo nivel de estudios y han vivido bien, crean que pueden repetir la misma historia, sin ni siquiera suponer el esfuerzo que eso implica.

Otra de las causas que puede alentar el abandono de los estudios es el clima de consumismo que se genera en algunos hogares. Cuando el tema del dinero (de manera sobrevalorada, constante y destacando la ‘falta’ del mismo) es continuo y se prioriza una cultura del consumo (‘tener esto o aquello’) los adolescentes ven a los estudios como un obstáculo para salir a ganar dinero y ayudar a satisfacer las demandas del ambiente. En este aspecto es esencial revalorizar los logros en el proceso y no los eventos que pueden darnos ganancias instantáneas pero que no nos sostendrán a lo largo del tiempo sin un esfuerzo desmedido. Tenemos que transmitirles a nuestros hijos que el deseo de ganar dinero nunca es satisfecho y que no debería ser el móvil de nuestro desarrollo como seres humanos.

También el fracaso escolar puede generar frustración continua y provocar, además, que el adolescente no tenga tiempo ni dinero (ya que es lo primero que se le saca como disciplina frente a su falta de trabajo). Esto hace que comience a desear independizarse de esa situación y vea al trabajo como una solución. Es así que comienza haciendo cosas que le proponen sus amigos o trabajos de medio tiempo hasta que decide no estudiar más. En este aspecto, como padres tenemos que volver sobre nuestra posición para que logren su independencia real y no meramente recursos para poder salir o tener para sus gastos personales.

Otra de las razones puede ser que el ambiente escolar no promueva la libertad para alcanzar los objetivos educativos de nuestros hijos debido a factores como la violencia, la competencia deshumanizada, la poca valoración a la autenticidad particular, etc.

Por último,  puede ser que nuestros hijos estén enfrentando inconvenientes a raíz del acoso escolar. Algunas de las señales sobre esto último pueden ser: cambios en el comportamiento y en el humor (tristeza, llantos o irritabilidad); pesadillas, cambios en el sueño y /o en el apetito; dolores somáticos, dolores de cabeza, de estómago; que pierda o se le deterioren sus pertenencias escolares o personales, que aparezca con golpes, hematomas o rasguños; que no quiera salir, ni se relacione con sus compañeros, que no acuda a excursiones, visitas, etc., del colegio, quiera ir acompañado a la entrada y salida de la escuela o se niegue a ir.

 

Gabriel Salcedo

By |2016-11-14T13:46:57+00:00julio 8th, 2014|Blog|0 Comments

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