“Él les contestó:

– Tenía razón Isaías cuando profetizó acerca de ustedes, hipócritas, según está escrito:

  «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí…»

Nada de lo que viene de afuera puede contaminar a una persona. Más bien, lo que sale de la persona es lo que contamina.”

San Marcos 7:6 y 15

Jesús pone sobre la mesa uno de los temas más difíciles entre los religiosos: la espiritualidad y su demostración externa. Recuerdo que cuando era pequeño me gustaba ir a la parroquia de mi ciudad a rezar. A los nueve o diez años, y sin permiso de mis padres, me metía en el templo, me arrodillaba y disfrutaba de recorrer con mi mente todos los beneficios que Dios me había dado durante ese día. Pero no me olvidaba de mis pecados, los confesaba y cumplía la penitencia correspondiente. Salía realmente libre de ese lugar. Cuando no había ningún sacerdote que tomara mi confesión lo hacía solito. Mirar la imagen de Jesús en la cruz me recordaba su sacrificio y, a su vez, me daba la paz de su perdón. Así fui creciendo, entendiendo mi espiritualidad como una responsabilidad propia, que debía cultivarse en espacios secretos y que no me daba un estatus, sino que me permitía seguir adelante cualquiera fuera la situación.

Al pasar los años y después de mudarme de la zona donde estaba mi parroquia dejé de asistir regularmente a mis espacios de espiritualidad privada y comencé a asistir a una iglesia protestante donde todo cambió en ese aspecto. Allí la espiritualidad era comunitaria y me encontré con reuniones de oración, reuniones de adoración, reuniones de evangelización, reuniones de jóvenes, reuniones de adultos y muchas reuniones más. Por primera vez experimenté lo que llamaría «espacios formales» para el desarrollo de mi espiritualidad. En principio me fascinaban, pero poco a poco me di cuenta que ese impulso interno que tenía cuando era pequeño se estaba apagando y estaba comenzando a hacer las cosas porque debía hacerlas. Dejé de disfrutar la oración porque se había convertido en algo que «debía hacer». Comencé a vivir una espiritualidad enlatada, ordenada y preestablecida.

Antes desarrollaba mi espiritualidad a mi estilo, ahora no. Todo estaba preparado, ensayado y guionado. Para ser «espiritual» debía hacer esto y aquello. Había dejado de ser una manifestación externa de lo que pasaba en mi interior. Ahora parecía que tenía que nutrirme externamente de reuniones para ser saciado internamente. Comencé, entonces, a experimentar la falta de disfrute por producir alguna manifestación de fe.

Me confundí pensando que podía dejar mi espiritualidad privada y vivir solamente una comunitaria, no se me ocurrió complementar una con la otra. No culpo a nadie con estas palabras, solo a mí mismo. Este formato de una espiritualidad de afuera hacia adentro me permitió desarrollar una fe hipócrita, ya que era fácil engañar a cualquiera y hacerme pasar por una persona de fe. Sin embargo, no podía engañar a Dios y tampoco a mí mismo. Sabía muy dentro mío que una espiritualidad sincera se vive de adentro hacia afuera.

Volver a manifestar nuestra espiritualidad y no envasarla de manera que cualquiera pueda apropiársela es el desafío de hoy. Los fariseos habían enlatado la espiritualidad que le pertenecía a todo el pueblo. Ellos, dueños de la fe, vivían contentos porque eran los que determinaban quién era «espiritual» y quién no. Ellos habían enlatado la fe y determinado cómo se debía vivir la espiritualidad. Por lo tanto, ellos eran los primeros y mejores.

Jesús les dice que se puede tener apariencia de religioso, pero que la verdadera religión se vive y disfruta de adentro hacia fuera. Todos podemos producir una espiritualidad saludable y sincera teniendo presente siempre la revelación de Dios, lo único que nos permite conocerlo tal cual es.

Para pensar:

¿Estoy desarrollando una espiritualidad de adentro hacia fuera o vivo preocupado por la espiritualidad enlatada con la que «debo cumplir»?