Una de las mayores faltas que suele cometerse contra el amor es desperdiciarlo. Nos demoramos porque tenemos miedo. Postergamos ese abrazo, esa mirada, esas palabras y todo el armamento del amor afectivo por temor al rechazo, por dedicar tiempo y fuerzas a nuestro deseo excesivo de ser valorados, tenidos en cuenta o admirados. Que los demás tengan una buena imagen de nosotros nos lleva a cansarnos y a detenernos en el camino del amor.

Al paralizarnos en el amor pagamos un alto precio: se apodera de nosotros el temor. De esta manera comenzamos a mirar hacia los costados y a estar intranquilos por las miradas ajenas. El “qué dirán de nosotros” que tanto detestamos de nuestros padres, ahora toma posesión de nuestro ánimo, de nuestra vida. Comenzamos a transitar el camino del “personaje”: empezamos a “actuar” de manera tal que los demás nos acepten. Lo triste es que no nos aceptan tal cual somos sino tal cual nos mostramos, es

decir, como a ellos les gusta que seamos.

Salir del camino del personaje no es fácil porque comenzamos a acostumbrarnos a él y llegamos a creer que realmente ese es nuestro camino. Sin embargo, en una de las esquinas de la vida nos damos cuenta de que hemos vivido una farsa, una representación fingida para un público que no vale la pena.

No quiero tener miedo a equivocarme. Quiero explorar, experimentar y correr por el amplio campo de la vida. Sé que crecer no es realizar las cosas que hago bien, sino arriesgar y continuar arriesgando con posibilidades de fracaso durante toda la vida. No le creo a la comodidad, ni a lo “seguro”. No quiero caer en las garras del monstruo de la mediocridad.

Cuando le entregaron el Premio Nobel de Física a Max Planck por la formulación de la teoría cuántica dijo: “Al recordar el largo camino lleno de laberintos que finalmente me condujo al  descubrimiento, me siento vívidamente rememorando lo que decía Goethe, que las personas

cometerán errores siempre y cuando luchen por algo”.

Se puede vencer el miedo luchando, no estando quietos. Cuando tenía miedo a la oscuridad no me quedaba quieto, me levantaba y prendía la luz. Punto. Se terminaba el miedo. Cada mañana el miedo golpea la puerta de mi habitación. Es en ese momento donde me pongo el abrigo de la esperanza y cuando abro la puerta, no hay nadie.

Los problemas en la vida son reales, los miedos no. Tener una imagen perfecta y proyectarla en cada cosa de la vida puede causarnos desilusión. Fracasar es una opción en el camino; abandonar por temor no lo es. Admitir nuestros fracasos hará que no tengamos un mecanismo de defensa en contra de nuestros propias carencias. Esto nos permitirá ser libres de la Reina de la imagen exitosa que

nos imponen.

Hay cosas en la vida que tenemos que asumir. En primer lugar, no siempre estaremos contentos, optimistas y con el control sobre todo lo que sucede. En segundo lugar, las personas que nos rodean se equivocan y algunas muy seguido. Por último, si pudiéramos vivir una vida sin conflictos, sin sufrimientos ni equivocaciones, sería una existencia superficial o falsa.

Fuente: Libro “Un día se fue”, publicado por GAD ediciones.