Un mar calmado no hace buenos marineros

                                                                                                                    Proverbio inglés

Hace unos años formé parte de un grupo de teatro. No era un destacado actor, aunque he mejorado en el último tiempo. Con la compañía teatral viajamos por varias ciudades representando diferentes obras de nuestro director. Una de ellas revivía la vida de Francisco de Asís.

Francisco era un joven desilusionado con la vida que tenía. Después de tener una excéntrica adolescencia, llena de placeres legales e ilegales, se alistó en el ejército. Fue enviado a una batalla donde pudo experimentar el horror de la traición, el sufrimiento y la muerte. Esta experiencia lo transformó.

Francisco no podía dormir por las noches. Transpirado se levantaba exaltado luego de revivir el horror de la guerra en sus pesadillas Las experiencias de dolor provocan eso en nosotros, cambios profundos. Un buen día, se acercó a su padre, un importante comerciante de telas, y le contó lo que le pasaba. Lo escuchó, pero minimizó lo que dijo. A su padre le interesaba que Francisco siguiera siendo el gran vendedor de telas francesas. Pero, el Francisco que tenía frente a él, no era el mismo de antes. Ese había quedado en el campo de batalla.

Decidido a cambiar sus valores, después de una fuerte experiencia espiritual, le dijo a su familia que se dedicaría a compartir su vida y su práctica espiritual con las personas. Esto indignó a su padre e inmediatamente decidió desheredarlo. En medio de la plaza pública y en presencia de sus vecinos, Francisco resolvió entregar sus bienes a los pobres. A lo que el padre arengó: –Ni la ropa que llevas puesta es tuya-. Fue entonces cuando Francisco, con dolor en su alma, pero firme en su decisión, se sacó la ropa y abriéndose paso entre la multitud se retiró desnudo. Había elegido ser “el pobre de Asís”.

Las crisis nos hacen repensar nuestros valores. Momentos de la vida, donde todo transcurre de forma lineal y de pronto algo irrumpe en la escena de la calma. Una tormenta se desata en medio de una noche estrellada. Una enfermedad oculta hace su aparición en medio de la paz familiar. Una noticia inesperada transforma la sonrisa en llanto. Cuando esto sucede, algo cambia en nosotros.

El suceso desencadenante, la amenaza, la tragedia, el problema o la pérdida nos llevan, como una montaña rusa, hacia un elevado pico de estrés, de tensión o ansiedad. Allí permanecemos inmóviles por fuera, e inquietos por dentro. Realizamos todo tipo de estrategias, pero los intentos de solución fracasan, por lo tanto, aumenta el estrés. Al borde de la dura caída, movilizamos nuevos recursos de emergencia y buscamos que se reduzca la amenaza de la crisis. Cuando esto no sucede, caemos y se desborda nuestra estabilidad, y los recursos emocionales disponibles, no nos permiten evitar la dificultad. Es allí cuando nos encontramos en el pico de la montaña y caemos hacia el precipicio.

Ya dentro de la crisis, existen variables que nos ayudan a salir de ella o por lo menos  a sobrevivir. En lo personal, en lo familiar, en lo comunitario y en lo cultural, encontramos factores que nos permitirán re-orientar la crisis hacia una resolución sana:

Factores personales:

Salud: la salud física y emocional será de gran ayuda en el momento de las crisis. Se pone en juego cuán fuerte somos en estos aspectos. Por esto, es recomendable tener un estado físico sano y comer acorde a una dieta que nos permita tener suficientes energías para afrontar situaciones límites. Así también, debe ser nuestra estabilidad emocional. Para ello, debemos revisar nuestras emociones e identificar aquellas que son tóxicas y pueden jugarnos una mala pasada en momentos de conflictos surgidos por situaciones desfavorables.

Autoestima: se define autoestima como la confianza en nuestra capacidad de pensar, en nuestra capacidad de enfrentarnos a los desafíos de la vida. El sentimiento de ser respetables, de ser dignos, y de tener derecho a afirmar nuestras necesidades y carencias, a alcanzar nuestros principios morales y a gozar del fruto de nuestro esfuerzo. La autoestima es sentirnos aptos para seguir adelante y, para valorarnos lo suficiente, como para no claudicar en medio del problema.

Flexibilidadser flexibles nos permite no rompernos en medio de los eventos desafortunados de la vida. Si somos rígidos, duros e inflexibles, nos veremos enfrentados a las grietas de la vida, aquellas que son provocadas por el engaño, la muerte, la enfermedad, etc. La flexibilidad puede darnos margen para sufrir bien, entender el problema, re-interpretar el accidente, revalorizar nuestros cuerpos o amar a la distancia al ser querido que ya no está. Sin ella, la vida se vuelve muy dura.

Fe y valores: uno de los pilares de la resiliencia en medio de las crisis es la fe. La persona que practica una fe tiene, por lo general, una comunidad que puede darle sostén en medio de la tragedia. Esto permite tener esperanza y vislumbrar una salida. La experiencia de las personas de fe, nos impulsa a buscar a aquella fuente de confianza y experimentarla también. Las personas que viven dificultades profundas encuentran en la fe un reposo para sus emociones y su alma. Los especialistas en crisis, como Rich Van Pelt[1], afirman que una de las funciones de las personas que asisten en tragedias, es la de infundir esperanza, fe y consuelo.

Factores familiares:

Familiares y parientes: en la experiencia de las crisis, la familia es uno de los pilares que nos sostienen. La cercanía de los padres o de algún hermano, hacen la diferencia en medio del dolor. Muchas veces desestimamos estas relaciones, sin embargo, existe un potencial factor de superación en la familia. Por lo tanto, esto nos desafía a revalorizar las relaciones familiares y profundizar en ellas. Volver a papá o mamá en lo momentos de dolor es casi instintivo y forma parte de nuestra naturaleza hacerlo. En las experiencias dolorosas, generalmente, buscamos el refugio del hogar y si no existe, lo echamos de menos.

Amigos: los amigos son otro sostén invalorable en medio de las dificultades. Su escucha y cercanía nos permiten repensarnos y tratar de entender qué sucedió. Sin embargo, lo más fuerte de nuestras amistades es su auxilio en los momentos de mayor tensión o estrés. Allí, el abrazo sincero y la contención nos hacen fuertes. Aún, el silencio de nuestros amigos nos ayuda y nos devuelve un poco de esa paz, que hemos perdido. En la tradición judía, el amigo se sentaba al lado del otro en los momentos de dolor y angustia. En silencio, lo abrazaba y lloraban juntos. Pasaban las horas y el amigo, con su abrazo, su lloro empático y su silencio, hablaba más que lo que sus palabras podrían decir en ese momentos.

Factores comunitarios:

Recursos materiales: en medio de la crisis, debemos afrontar momentos de inactividad, dados por el cansancio, el estrés, las pocas ganas de hacer algo, o aún por la falta de salud. Esto se traduce a una falta de ingresos y cierta sensibilidad a nuestros ahorros, si los tenemos. Para esto, es importante contar con reservas que puedan sernos útiles en medio de la tragedia. También se deben tener presentes los organismos de ayuda disponibles en la comunidad, ya sean gubernamentales, sociales, vecinales, etc. Cuando vivimos crisis, tendemos a descuidarnos y por esto es importante contar con la ayuda material. En numerosísimos casos, la ayuda proviene de los factores familiares, sin embargo, no debemos desgastar las relaciones por tener, en medio, cuestiones económicas.

Comunidades de fe: los problemas nos exponen frente a las relaciones que hemos cultivado en el tiempo. Es en este momento donde la presencia de amigos, familiares y conocidos se hace presente. Sin embargo, en ocasiones nos encontramos con poco capital social, es decir, con pocas personas las cuales conocemos y confiamos. La comunidad religiosa o de fe es uno de los refugios más valorados por las personas en crisis. A partir de la contención de personas, que sin dobles intereses, nos ayudan, hace que seamos parte de una familia espiritual que puede darnos sostén y refugio en medio de la tragedia. Este es uno de los grandes pilares de las personas que han superado estos trances.

Factores culturales:

Valores: nuestro punto de referencia en la vida está marcado por nuestros valores. Aquellos gestos, actitudes y paradigmas que son altamente valorados en nuestra vida, se ponen en juego durante una crisis. Si nuestros valores son lo material, el dinero y aquellas cosas que pueden obtenerse, tendremos una profundización en medio de nuestros problemas, ya que se verán afectadas. Esto se hace evidente cuando una mujer choca el auto y su esposo le pregunta inicialmente “¿le pasó algo al auto?”, antes de preguntarle cómo está ella. Hoy estamos en un conflicto de valores que puede jugarnos una mala pasada, en medio de las tragedias de la vida. La abnegación, el contentamiento, el aprendizaje, el amor, el autodominio, la compasión, el coraje, el perdón, son algunos de los valores que debemos re-valorizar en los momentos de crisis.

Tradiciones y costumbres: Cuando fallece un judío es colocado en su loza la abreviatura ZL – zijronó liberajá – que significa en lengua hebrea Sea recordado para bendición. Como estas costumbres, las personas suelen tenerlas en los momentos específicos de dolor. Sin embargo, existen tradiciones implícitas que se ponen en juego en el momento de la circunstancia adversa: una visita, un regalo, un mensaje, una llamada, etc. Estas costumbres no están catalogadas ni reguladas, sin embargo se hacen presentes en esos momentos especiales.

            Las tragedias nos hacen repensar los valores que sustentamos.

¿Creo tener algo en mis manos? ¿Lo creo “seguro”? Quizás mañana haya desaparecido. ¿Creí que esa persona me pertenecía? No, mañana se irá..

Las crisis son oportunidades de cambiar, de repensarse y de visualizar cuáles son los recursos que contamos para seguir adelante. Deseo que nos llenemos de recursos personales, familiares, comunitarios y culturales para estar preparados para las crisis que algún día golpearán a nuestra puerta (si ya no lo hicieron) y que nos vaciemos de aquellas cosas accesorias, que quizás, nos obnubilan. Hacernos pobres, como Francisco de Asís, para superar, con nuevas fuerzas, las dificultades que enfrentamos o enfrentaremos en el camino.

            Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer pero le grita mediante el dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido.

C.S. Lewis

[1] Rich Van Pelt, junto a su equipo, asisten en tragedias a adolescentes, jóvenes y padres. Él fue uno d elos responsables de asistir a los adolescentes y sus familias en la tragedia de Columbine (EE.UU.).