Por momentos me siento cansado de correr. Me encuentro en una maratón de miles de kilómetros. En ella se me exige estar primero, ir a la punta de todos y mantenerla. Detrás de mí, cientos de personas, que en realidad no son personas: si uno se fija bien, son cientos de rostros sin expresión, son cuerpos sin sensibilidad, son cosas más que personas; tienen voces agitadas, que me desesperan. Alguien me dijo que se los llama miedos. Estoy corriendo

detrás de mis miedos, porque todos ellos me pertenecen; los he adoptado desde pequeño, desde que fui adolescente, cuando comencé la universidad, y ahora que tengo casi cuarenta años y me siento solo. Bueno, no tan solo.Estoy rodeado de mis miedos. Mi única compañía, por momentos.

Hace unas semanas fuimos con mi hijo Agustín a pasear a la costanera cercana a mi casa (es nuestro lugar preferido para conversar y tomar aire cuando algo nos frustra). Esa tarde quise proponerle que charlemos sobre nuestros miedos. Justamente estaba en un momento donde estaba sumamente ansioso, con miedo a lo que vendría, a si eso vendría o no y toda esa locura de esperar algo que no depende de nosotros. Antes de caer en un trastorno, decidí conversarlo con mi analista para luego poder plantear un espacio para que mi hijo también pudiera expresar los suyos, así que mi propuesta fue que dijéramos cuáles eran nuestros miedos del pasado, del presente y del futuro. Debíamos decir qué cosas nos daban miedo del pasado, lo que sea, aunque sea lo más ridículo; luego, los miedos actuales, del presente, esos que ahora nos llenaban de cosquilleo y que nos ponían un tanto depresivos, miedos latentes al ahora y que estaban muy claros en nuestra mente. Para terminar, los miedos del futuro, esos

gigantes que nos azotan de vez en cuando y nos empujan a que hagamos algo que no sabemos que tenemos que hacer y que a su vez no queremos hacer. Estos miedos son un trabalenguas; son socialmente encarnados por padres, jefes, líderes, abuelos y toda clase de personas que están más ansiosas que nosotros por nosotros. Pero esa ansiedad  ajena nos vuelve locos, hasta nos desespera y algunas veces nos empuja a dejar todo a un costado y a hacernos

vagabundos. ¡Basta de todo! ¡No quiero más!

Comenzamos por los miedos del pasado. Allí recordé que le temía a varias cosas. Muchísimos miedos en mi infancia. Agus también pudo recordar los suyos, más cercanos que los míos. Él se animó a comenzar. Antes le tenía miedo a la oscuridad, y aunque hoy tiene menos  miedo, recordamos cómo se ponía cada vez que apagábamos todas las luces.

Recuerdo de levantarme cuando ya estaba dormido y tratar de apagar todas las luces, esa locura por no «gastar» luz y apagar todas las que están en la casa, señal de que uno se está poniendo viejo (cuando eres pequeño dejas todo prendido).

Recuerdo a mi madre gritándome que apagara las luces. Quizás cuando somos pequeños queremos matar al miedo con la luz, y después nos acostumbramos a la oscuridad cuando somos adultos. Agustín percibía que yo estaba levantado apagando las luces y comenzaba a gritar: «¡La luz! ¡Prendan la luz!». Un ulular desesperado. Parecía que se moría.

El segundo miedo de Agus del pasado (y no tan del pasado) era a quedarse solo. Cuando tenía cuatro años falleció su hermana, cuando tenía tres falleció su tío, cuando tenía dos falleció su abuela. Era lógico que tuviera miedo. Lo más interesante, recuerdo, es que cuando en esa época de su niñez le hablaba del cielo y de la posibilidad de que sus seres queridos estén allí, Agustín se enojaba. Entonces, un día le pregunté por qué estaba enojado y me respondió que el cielo no era bueno. Como papá creyente me quedé pasmado: nunca había visto el cielo como algo malo; de hecho, me habían enseñado en catequesis y en la iglesia protestante que era una morada increíble, llena de dinero (calles de oro y no sé qué más) y con buena comida (banquetes celestiales). No tenía argumentos como para darle la razón a Agus. No había por qué estar enojado con el cielo, o teóricamente no, hasta que mi hijo me enseño

que sí, que algunas veces es la mejor manera de decirle a Dios que no estamos de acuerdo con Él, aunque sea el soberano del universo. Agustín me dio la licencia para estar enojado también con Dios. Cuando le pregunté por qué el cielo era malo y estaba enojado con Dios, me dijo, con una voz infantil y llena de inocencia: «El cielo es malo porque se lleva a las personas

que quiero». Frente a esta respuesta, no pude más que abrazarlo y llorar junto con él. En ese momento tendría unos cuatro años solamente.

Ahora me tocaba a mí comenzar con mis miedos del pasado. Como anticipé, tuve muchos miedos; no alcanzaría un libro para poder explicar cada uno, y eso es un síntoma, es un signo de que viví una infancia con muchos temores. Algunos propios de la edad y sus fantasías, otros propios del entorno y la familia en la cual uno tuvo su desarrollo. Pero vayamos

con dos de ellos. Tengo en mi memoria un miedo que aún hoy me genera angustia.

Recuerdo que tenía un tío que era muy rígido con los demás (no tanto con él mismo). Con mis hermanos nos gustaba quedarnos en su casa porque nos sacaba a pasear. Él tenía una novia a la vuelta de su casa e íbamos a visitarla; ella vivía con su familia y su mamá era increíble, nos daba de comer de todo. Tengo lindos recuerdos de esa mujer gorda, bonachona y cariñosa. Entonces, cada vez que salíamos a pasear, era un impulso de desesperación en nosotros que nos llevaba a estar muy ansiosos e inquietos. Era allí cuando mi tío se ponía muy difícil y violento: parecía que no podía manejar la situación, y sacaba su cinto y nos amenazaba. Hasta recuerdo que varias veces nos pegó. La causa era sencilla: nos habíamos ensuciado la ropa. Cuando veía una manchita, por más mínima que fuese, se ponía como loco y daba rienda suelta a su violencia. Para mi familia, estar limpio era un obligación para los niños: podíamos jugar, siempre y cuando no nos ensuciáramos. Recuerdo que cuando una mancha se instalaba

en mi ropa, me ponía mal y le pedía ayuda a mi hermano mayor. Fernando, con su bondad y picardía de siempre, me llevaba a una canilla y con agua trataba de limpiarme. Él también sabía que si cualquiera de nosotros íbamos sucios, recibíamos el castigo todos.

Yo amo ensuciarme, desde siempre. Recuerdo que los mejores momentos para nosotros como niños eran los días de lluvia. Jugar al fútbol era maravilloso, y si hay lluvia muy maravilloso, sublime. Barro, la pelota frenada y caprichosa por los charcos de agua; ser arquero era un placer, podías tirarte cual pileta de natación para atrapar la pelota. Al estar el suelo más blando no dolía tanto —por lo menos, en medio de la adrenalina del diluvio—. Tirarnos barro en donde sea y terminar el partido con una guerra de pelotas de lodo. Qué lindos momentos… hasta que  había que volver a casa. En ese momento, toda la alegría se desvanecía. Sabíamos que teníamos que volver limpios: si volvíamos sucios, seríamos castigados de la peor manera. Entonces, buscábamos un charco, una canilla o lo que fuese para limpiar nuestro barro. Hasta lavábamos la ropa de forma tal que, aunque lleguemos mojados, no llegáramos sucios. Llegar mojados estaba medianamente aceptado, pero llegar sucios estaba prohibido.

Una vez, estando en el jardín de infantes, decidí escaparme. Recuerdo la causa: la maestra quería que nos ensuciáramos los pies con pintura para hacer no sé qué «obra de arte». Yo no podía llegar a mi casa sucio, y no podía decirle eso a la maestra porque se lo diría a mi mamá, y ella me castigaría porque ando diciendo «cosas propias de la familia». No se podían decir los secretos familiares —eso era traición—, y menos decir que mi mamá o mi papá me pegaban. Yo tenía que mantener en alto su «testimonio» delante de todos. Era frustrante y pesado eso.

Entonces, decidí escaparme de la clase y hasta luego. No quería que ensuciaran mis pies, de los cuales tenía vergüenza también, y menos llegar a mi casa sucio. Parecía simple este temor de la infancia, aunque me persiguió por unos años. Me encontré con gente que sigue gritando frente a la suciedad que provoca una pedazo de comida en el pecho de su hijo, alguien que insulta frente a la caída de algo de aceite en el pantalón y muchas más expresiones de ese temor infantil. Ya no lo tengo, desde que me permití estar sucio y entender que nadie me castigará si ando así por la vida, ni Dios.

El miedo a ensuciarme es ahora una metáfora que me recuerda que puedo hacerlo, que si me ensucio puedo limpiarme y seguir adelante. Sé que parece que hay manchas que no salen. Recuerdo un pantalón rojo que compré en Zara; lo amaba y lo usaba todos los días. No sé si te sucede que cuando algo te queda bien, lo usas hasta la muerte (la muerte de la prenda, al menos). Bien, lo usaba día y noche; no tanto como pijama, pero sí me era cómodo, me

quedaba bien y los demás me decían: «Te queda lindo ese pantalón». Pum. Era mágico. Todos estábamos de acuerdo en que era el pantalón… hasta que se le acabó la magia. Un día, comiendo, me tiré comida encima y cayó sobre el preciado pantalón. En ese momento, todo cambió; perdió su magia, y se volvió un simple pantalón manchado por aceite. A partir de ese momento me desesperé, me saqué el pantalón (no recuerdo si había gente alrededor) y comencé a buscar tutoriales para sacar la mancha y que vuelva a vivir, que vuelva a ser el que siempre fue. Nada resultó; le pregunté a señoras, viejas y brujas del barrio, a  señores sabelotodos y sacerdotes exorcistas. Nada. La mancha no salía, no salió y hasta empeoró, hasta que un día conseguí un producto que me prometía sacar la mancha. Lo hizo, pero también le sacó el color. Quedó una especie de rojo sin vida, vintage, pantone sufrido, horrible. Por querer sacarle la mancha maté a mi hermoso pantalón de Zara.

Otra metáfora de mi vida: algunas veces intento con todos mis medios sacar manchas que quizás quedarían mejor en el lugar donde están antes que sacrificar todo el color de mi vida por el qué dirán.

Te cuento algo que quizás te sirva de consuelo: en el jardín finalmente me obligaron a ensuciarme los pies y hacer «la obra de arte». Gané el concurso gracias a mis feos pies y a poner mis pies al servicio de la maldita suciedad. Y mi pantalón rojo fue tomando un color cada vez más innovador y desgastado; al poco tiempo se pusieron de moda esa clase de pantalones, y yo estaba nuevamente siendo admirado por mis pantalones manchados. Ya nadie notaba lo descolorido (quizás solamente yo), hasta que lo acepté tal como estaba. Creo que el secreto es

entender que algunas manchas pueden transformarse en obras de arte. Algunas veces me siento así, una mancha en el universo, otras una obra de arte. Depende muchas veces con que clase de tío o maestra estoy.

Ahora es el momento de los miedos del presente. Agustín pensó por un rato y disparó dos miedos que me dejaron pasmado. Ambos eran producto de sus miedos pasados pero que ahora revivían en el presente. «Tengo miedo a quedarme solo». Coincidí con él. El origen de ese miedo está en las pérdidas. Cuántas personas pasaron alrededor de nosotros y ya no están: amigos, compañeros de escuela o de la vida, parejas y personas con las cuales

teníamos pensado pasar más tiempo. Algunas veces eternizamos las relaciones y nos prometemos no separarnos nunca de ellos. Agustín había perdido a varios amigos en el colegio (esto es porque en su escuela hay muchos chicos hijos de diplomáticos y empresarios que cambian de residencia muy seguido, algo que no les permite un arraigo a largo plazo). Varios nombres pasaron por su cabeza en el momento de decir su temor. Hacía poco tiempo

un gran amigo de él, con quien había compartido varios años, se iba a otro país. El contacto ya no sería el mismo; la frecuencia del encuentro cambiaría y, según él, se desvanecería esa amistad. Hace poquito —y recuerdo mientras escribo este capítulo—, Agus tuvo que despedir a Christo, su líder de adolescentes del grupo al cual asiste cada semana, ya que se iba a misionar a otro país. Una pérdida más. Entonces, la sensación de abandono resurge nueva-

mente: en su corta edad había vivido varios desapegos, varias despedidas y varios cambios que le dejaban la sensación de que un día se quedaría solo.

El otro miedo, relacionado al anterior, era sobre la muerte, otra expresión de la despedida, del adiós. Temía que yo me muriera. Varias veces me ha repetido ese temor (quizás como reflejo de esos miedos del pasado). Sus seres más amados se han ido y teme que yo también lo haga en forma de un último suspiro; debido a esto, me pregunta con frecuencia si estoy bien de salud, si tuve un buen día, etc. Esto me generó tristeza, pero a su vez traté de que entendiera que no teníamos por qué despedirnos, que disfrutáramos el presente con total libertad y sin

angustia por lo que podría venir. Recuerdo que cuando tenía su edad me causaba miedo el mismo hecho de que mi mamá se fuera. Un día desperté llorando: había soñado que mamá se moría. Una sensación de desesperación inundó mi ser, y recuerdo que lo primero que hice ese día fue abrazar a mi mamá. Ella no entendía lo que pasaba. Le conté y con una voz tranquilizadora me dijo: «Acá estoy, hijo, no te preocupes». Traté de decirle lo mismo a Agus-

tín: «Hijo, acá estoy, no temas».

Mi turno de los miedos del presente me llevaron a pensar en mi actualidad. Justamente estaba pasando un momento complejo. Temía por mi empleo presente; a causa de mi libro Se vale ser humano, de mi divorcio inesperado y varias cuestiones más (externas a mi persona), las invitaciones, los proyectos y varias propuestas de viajes se habían extinguido. Sumado eso a que mis gastos seguían siendo los mismos, seguramente comenzaría a generar deudas. No tenía que preocuparme, me decía a mí mismo, pero mi cuerpo y emociones no entendían de palabras tranquilizadoras. Entonces, pude expresar que mi miedo actual era no ser aceptado como estaba, como era y con la libertad que ahora tenía.

Por un lado, tenía esa paz de ser yo mismo, gris, con mis luces y sombras, pero por otro lado sabía que había construido mi vocación en un entorno que me exigía ciertas normas, formas, estados y otros modos. Evidentemente, tenía ese temor de tener que comenzar de nuevo, pero sabía que no sería fácil. El temor muchas veces puede paralizarnos o puede generar creatividad en nosotros. Hace unos días escuché en Lima a un joven decir que la creatividad es saber despertarse en medio de las crisis. Eso tengo que hacer. Saber que el despertar a uno mismo no es algo gratuito, pero liberador sin duda. Sin embargo, quedaba en mí algo de miedo.

El segundo miedo que tengo en este presente es a quedarme solo. Sé que este temor es reflejo de varios abandonos que he vivido, lo reconozco. Mi padre nos abandonó cuando yo era un adolescente, y eso me había marcado. También había vivido el abandono de mis seres queridos debido a un proceso de angustia, depresión y ansiedad que había experimentado;

todo eso hizo un cóctel de miedo al abandono. Hacía poco que había experimentado el despido de un lugar que pensé que me era «familiar». Un día me pidieron que me vaya; no tenía dónde, no porque no tuviera un lugar sino que no sabía a los brazos de quién caer. Pero allí aparecieron los amigos del alma para quitarme parte del miedo; sin embargo, queda

una resaca de esa frase que me traspasó el corazón: «Te vas de acá en una semana». Revivía esa despedida del corazón de mi padre, del corazón de mi exesposa, de mi ex comunidad de fe, de tantos otros que en algún momento te «despiden» y que te despistan. Uno no sabe qué hacer en ese momenMe costó y aún me cuesta entender los porqués; me hubiese

gustado estar preparado para vivirlo, pero uno nunca está listo para que lo abandonen.

Llegaba el momento de los miedos al futuro, esos que generan ansiedad. Es esa incertidumbre, esa temerosa anticipación, esa necesidad de control por lo que vendrá. Es esa aceleración del corazón, esa respiración que se agita, esas manos que transpiran, esa mente que se inquieta y activa frente a la preocupación. Algunos afirman que es una especie de reacción que nos permite adaptarnos al medio, al entorno, que es ese miedo por lo que creemos que vendrá,

pero también puede ser parte de nuestra estupidez. Recuerdo tener momentos donde tengo pensamientos catastróficos, de enfermedad, de muerte, de pobreza y miles de cosas más. En esta última parte de los miedos, Agustín me enseñó a estar tranquilo. Cuando le tocaba a él decir sus miedos futuros se quedó callado. Pensó por un rato y simplemente dijo: «No le tengo miedo al futuro». No podía creerle. Me dejó perplejo. Yo estaba cargadísimo de miedo al futuro, y él nada. Entonces volví a preguntarle, insistí; quizás estaba equivocado. «No tengo miedo a lo que venga, papá». Una puñalada a mis miedos futuros.

Yo le tengo miedo al futuro. Quizás son esos fantasmas del pasado y del presente que se potencian. Algunos tienen definiciones de cada cosa y para cada ocasión. «No temas, Dios está contigo». Ok, lo entiendo, pero no puedo quedarme sentado con esa premisa mística. De hecho, San Pablo tuvo que decirle a la comunidad de Tesalónica que aunque Jesús había resucitado y que pronto estarían con él, había que seguir trabajando. Eran «vivos» algunos

de ellos y se tiraron a vagos; es más, tuvo que advertirles que «si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». Por eso me causan duda esos que dicen «descansa en Dios, Él proveerá». Perfecto. Pero hay que moverse. No es una invitación a acomodarnos en el sillón de una religión pasiva y de beneficencia: es un «levántate y anda» más que un «duérmete en los laureles». Yo soy de lo que tratan de moverse. No temo tener que trabajar de lo que

sea; sin embargo, tengo mis miedos y quizás ese «síntoma del bolsillo vacío» tenga que ver con esa oración que cada noche rezábamos en mi casa: «Diosito, que papá tenga siempre trabajo y que no nos falte nada». Quizás aprendí que lo esencial en la vida era la seguridad económica. Por años, en las comunidades de fe que he participado la oración se repetía, parecía que era una oración basada en el temor más que en la realidad. El miedo a que falte lo necesario

para cubrir mis necesidades, un temor irracional que lleva a concentrarme en lo que poseo y a desplegar todos mis esfuerzos en no perderlo.

Hace unos días una amiga me comentaba que cada vez que iba a comer a un restaurante con su padre, este le decía: «Si hiciéramos este plato en la casa, gastaríamos mucho menos». Otro amigo me contaba que desde pequeño le habían inculcado que si tenía trabajo lograría que una mujer se acercara a él, porque según su madre «era feíto». El miedo a que nuestros recursos se acaben o que nos pongan en un lugar marginal, un miedo inculcado también por una sociedad que nos impulsa a consumir y a ser por lo que tenemos. Yo caigo muchas veces en este vacío que me generan ansiedad. Miedo al futuro, finalmente.

Con Agustín nos preparamos para regresar. En ese momento,  me abrazó. Cuando lo hizo se disiparon mis temores. Quizás en un abrazo honesto, seguro y que te llega hasta el alma, uno comienza a transitar el camino de la paz, que sobrepasa todos los miedos.

Detrás de nuestras falencias, dependencias y heridas del pasado está el miedo. El miedo nos mantiene contraídos sobre nuestras necesidades, apegados a ciertas recompensas ocultas que nos mantienen en relaciones o en sitios que nos brindan cierta «seguridad», pero que a su vez nos tiranizan y nos paralizan. Las mayores víctimas de este mundo son las personas que a través de sus necesidades son captadas por relaciones, comunidades y trabajos, porque el miedo nos hace vulnerables a los demás, a su poder, ya sea en nuestra vida personal o colectiva.Esto me hace acordar a un conductor de Uber que me hizo reír mucho una tarde.

Después de tener todo listo para ir al evento donde estaría brindando un workshop, pedí un Uber. A los minutos llegó, y el conductor era bastante conversador. Si tomas Uber, sabes que hay diferentes tipos de conductores: los silenciosos, los sospechosos, los amigables, los correctos (que nunca se salen de las indicaciones de «la española»), los limpios, los sucios, los que te regalan caramelos (ten cuidado de eso), los que no tienen lugar para tus valijas y los conversadores (que vienen en varios niveles). A mí me tocó uno de estos últimos. Apenas me senté, me saludó y comenzamos a conversar; me preguntó adónde iba (aunque tenía las indicaciones) y qué iba a hacer, y a partir de mi respuesta todo cambió. Le dije que iba a dar un workshop sobre la angustia en la nueva generación, y entonces me preguntó si era religioso o si era parte de una comunidad de fe. Le dije que era creyente, pero que no me identificaba con una sola comunidad de fe sino que trataba de trabajar con las más diversas, que me gustaba

y aprendía mucho. Fue entonces cuando me contó que su esposa lo tenía podrido invitándolo a una iglesia evangélica, que cada semana era lo mismo y que también su suegra insistía. «Pobre hombre», pensé para mis adentros. Lo más interesante es que en un momento dijo una frase que quedó en mi mente, y trataré de reproducirla lo más fielmente posible. Él dijo:

«¡Cómo ha cambiado Dios en los últimos tiempos! ¿No? Hace veinte años, según mi esposa, Dios me decía que me iba al infierno si no lo aceptaba. Pero pasaron los años y ahora Dios me ama; pero si no le respondo con mi amor, me manda de nuevo al infierno. La verdad que no sé qué pensar de este Dios de mi esposa».

Una genialidad. Una descripción maravillosa del miedo religioso. Parece que el arma del miedo hoy está disfrazada de «te amamos tal cual estás», pero debajo hay unas letras pequeñas que no estamos leyendo, que dicen «pero si no cambias pronto —como nosotros queremos que cambies—, Dios va a mandarte al infierno, y si no lo hace, lo haremos nosotros».

El conductor del Uber me enseñó esa tarde que muchos de mis miedos no son reales, o que quizás los que son reales muestren parte de mí y de quién soy, y a partir de reconocerme frágil y temeroso, puedo comenzar a trabajarlos y superarlos. Quizás cuando deje de huir de mis miedos me anime a enfrentarlos. En el próximo capítulo vamos a tratar de identificarlos y veremos el peor de los miedos: el miedo a dejar de existir.

Fuente: Libro Se vale ser frágil