Un maestro dijo a sus seguidores:

—Les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante todos de que son mis discípulos.

Crecer espiritualmente no es desaparecer de este mundo, es saber amarlo con sus luces y sus sombras.

Por esto, temo al discurso religioso de ser «diferente»: santo, limpio y apartado. Yo creo que nunca seré mejor que las personas de este mundo, porque cuando trato de estar limpio, me ensucio; cuando busco ser auténtico, me amoldo; cuando trato de ser santo, me vuelvo un desgraciado que juzga. Creo que necesito constantemente vivir un proceso en el cual se me caigan las escamas. A esto lo llamo conversión: una experiencia posreligiosa que debería suceder durante toda nuestra vida.

Existen amigos que nos permiten no avergonzarnos de nuestras debilidades, que nos reciben para compartir con ellos nuestros propios descubrimientos de la vida. Son como un viajero que le abre la puerta a otro, que se preocupa por su bienestar, sin imponerle la disciplina de su camino ni las visiones de su propio viaje. Hay oportunidades en la vida en las que no tenemos fuerzas ni para servirnos un café, ni tenemos ánimo de conversar, de vivir o respirar. Los verdaderos amigos no le temen al silencio, a las lágrimas ni al desconcierto que traemos en nuestro equipaje: ellos acuden a tu herida como lo hace la sangre.

Cuando uno está enfermo y no puede moverse, tiene que detenerse; cuando uno está superado por las situaciones de la vida, también debe parar. Hay momentos donde no nos queda otra opción: debemos detenernos y, antes de volver a empezar, decidir de qué modo queremos hacerlo. He escuchado a cientos de personas decir «Después de esto no voy a…», y a otros «Cuando me recupere, prometo no volver a…», y luego vuelven a su senda inconsistente que los lleva a repetir el ciclo. En esa repetición estúpida en la cual nos sostenemos también están estos amigos entrañables, personas que a pesar de nuestra dureza se mantienen cerca de una forma agradable y no nos piden nada a cambio.

La amistad puede llevarnos a un punto de nobleza en el que el otro se convierte en un hermano. Ese

tipo de amistad es la que logró un maestro judío con sus seguidores. Un día, luego de contemplar su relación tan estrecha, de cuidado, amor y compañerismo incondicional, les dijo: «No me llamen más maestro, desde ahora en más me llamarán hermano». Convertirse en hermano es el punto máximo de las relaciones. Una orden monástica llamada los dominicos decidió que así se llamarían entre ellos. Afirmaban que lo que los hermanaba no eran sus éxitos, sino sus miserias. En la mesa redonda de la leyenda del rey Arturo no había ningún lugar privilegiado, por lo que ninguna persona sobresalía del resto; así, los caballeros que se reunían a su alrededor eran todos iguales y no había ningún «líder» como los de tantas otras mesas medievales y actuales. La amistad radical es hermandad, es un espacio donde podemos sentarnos en una mesa redonda sin amenazas.

No es posible el encuentro entre las personas si no tenemos un deseo de ser hermanos. Cuando se diluye esta premisa, nos ponemos sobre el otro, negamos nuestras miserias y nos enfocamos en las ajenas. Cuando uno proviene de un contexto religioso le es muy «natural» ponerse sobre los demás. Me avergüenza decir esto, pero no he aprendido la humildad de mis compañeros religiosos sino de mis amigos ateos. Esto es una pena, porque Pedro —quien recibió de Jesús el desafío de construir la iglesia— era débil: no era un superhombre, ni cerca; por eso me es fiable el inicio de la iglesia,  porque fue a partir de la debilidad reconocida de este hombre al que Jesús le dijo «Pastorea mis ovejas». Todos somos hermanos, todos somos puntos de apoyo el uno hacia el otro; no su techo, no su piso.

La hermandad de la amistad nos protege de cualquier abuso espiritual: podemos acercarnos a ella heridos, pobres y con la mayor de las debilidades, sabiendo que no se aprovechará de ella sino que nos cuidará. No nos clavará en la cruz de la imposibilidad, sino que nos bajará de ella y nos alentará para vivir cerca del paraíso. Un amigo, un hermano, es quien pide ayuda porque reconoce su flaqueza. Cuando las miserias son mal vistas en una comunidad, familia o grupo de personas, desaparece la amistad y, por ende, la hermandad; por eso, he visto personas que han decidido tomar distancia de otras, porque es natural que uno se aleje cuando huele una actitud de juez y no de hermano en el otro. Jesús siempre se acercó hacia los demás en una actitud de hermano, nunca de juez, y eso me brinda una luz de esperanza.

Los amigos que devienen en hermanos bailan al ritmo de encuentros sin razón, sin objetivos, sin calificativos. Los hermanos que te abrazan el alma no necesitan un programa para concretar una cita, no necesitan un porqué ni un para qué. Es lo que menos importa. El hecho que los une es el encuentro, un punto donde pueden suceder milagros.

El lugar de encuentro era la expresión que utilizaban los marineros para identificar el puerto en el que, en caso de dispersión de la flota, se reencontrarían. La amistad te regala ese punto de encuentro. No es necesariamente un lugar, sino la unión de las almas que se desean, que se necesitan, que se apoyan las unas a las otras.

La palabra infantil proviene de la palabra latina infans, que significa «el que no habla». La amistad, además de un punto de encuentro de almas, es un espacio donde uno puede retomar la palabra, ser una persona que tiene algo para decir, es el escenario propicio para volver a hablar las propias palabras. En otros ámbitos como el trabajo, la escuela, la familia, etc., uno tiene su voz entrecortada; parece que no se puede decir lo que uno piensa. Es difícil encontrar a una estudiante insultando a su profesora y aprobando las materias, pero sí encontramos a esa misma chica hablando con sus amigas después de la escuela, diciendo: «Odio a esa vieja de mierda». Habla sus palabras pero no en cualquier lugar, sino en el monasterio de las miserias, en su grupo de amigas. Lo mismo le sucede a esa mujer que no soporta a su esposo y a sus hijos y teme que alguien escuche sus pensamientos; lo mismo le sucede a ese hombre que habla ciertas cosas con sus amigos que nunca hablaría con su esposa, porque si decidiera hacerlo, dejaría de estar casado. Hablar las propias palabras y que sean escuchadas es un privilegio de la amistad que se transforma en hermandad.

Siguiendo con las metáforas, en la amistad podemos ser médicos-pacientes, o como dijo el escritor Henri Nouwen, somos sanadores-heridos. Es en la amistad donde los roles van cambiando constantemente, donde le sugerimos a nuestros amigos cosas que nosotros no nos animamos a hacer, pero que sabemos que van a hacerles bien. Como médicos que queremos curar al otro, pero sabemos que no podemos curarnos a nosotros mismos. Allí hay un gran secreto de la amistad: por momentos somos médicos, por momentos somos pacientes. Cuando un amigo deja de lado su lugar de paciente se aleja de la hermandad. Siempre, en un espacio de hermanos, todos somos médicos y todos somos pacientes. Cuando uno abraza excesivamente uno de estos roles, deja de lado su debilidad y comienza a convertirse en alguien insoportable. En la verdadera amistad no hay superhéroes, superdotados o cosas por el estilo; de haberlos, no sería una relación de amistad sino un espacio de eleva-egos, donde no importa el nosotros sino solamente el yo. Por esto mismo, somos débiles y fuertes a la vez. Somos los que podemos abrazar y los que necesitamos ser abrazados; somos los que podemos curar las heridas del herido, pero también somos los que necesitamos que curen nuestras heridas. Un proverbio judío dejó atestiguado este elemento de la amistad humana: «Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas».

Los amigos son los que nos llevan de la mano al paraíso, son los que nos llevan a ese lugar de bien donde podemos descansar, recostarnos y suspirar mirando las estrellas. Los amigos hermanos conseguirán que no nos angustiemos tanto, que bajemos las pulsaciones de nuestras desesperaciones. Son los que nos ayudan a escapar del infierno de nuestra cotidianeidad; ellos nos regalan paz aunque reviente el mundo alrededor. Con los amigos podemos ser tontos, podemos imaginarnos cosas, reír, jugar, hacer lo que no haríamos en otro espacio. Los amigos liberan nuestro cuerpo de la coraza, nos permiten sacarnos la corbata, nos permiten dejar todo a un lado para comenzar a respirar profundo. Los amigos tienen algo de ese shalom judío que significa paz o bienestar, una paz interior que era casi indescriptible, una paz con la tierra y con el cielo; y esta paz, que sobrepasa toda comprensión, nos libera para ser nosotros mismos, descubrirnos y comenzar a disfrutar de nuestra esencia. Ser amigo es sentirse amado y amar, y por esto mismo algunos creen que la palabra amigo proviene de la palabra amar en su origen. Pero no podemos amar solos: necesitamos otro. Como en la famosa historia del arca de Noé: para salvarnos del diluvio de la vida, de la inundación del odio, necesitamos subir de

a dos. No existe el paraíso de una persona solitaria.

Una palabra muy acertada para definir lo que genera en nosotros una verdadera amistad es apapachar,

palabra que no tiene traducción a otros idiomas y ha sido declarada «la palabra más bella del  castellano». Un apapacho lo da una madre a su hijo que llora, un amigo cuando lo necesitas, tu pareja cuando te abraza sin un motivo. En náhuatl significa «ablandar con los dedos», pero se le ha dado un significado mucho más profundo: para nosotros, apapachar es acariciar con el alma. Un apapacho llega en forma de abrazos, besos, caricias, cuidados, consuelo. Es reunir toda nuestra ternura y entregarla sinceramente a los que amamos. Un amigo que se transforma en hermano tiene este verbo constantemente en acción, en modo activo; pero también lo necesita, porque la amistad es la unión de dos o más personas que pueden apapachar, pero que también desean ser apapachados. Y sucederá que, en medio de esta amistad, nuestras escamas caerán y disfrutaremos de esa conversión en verdaderos seres humanos, en hermanos auténticos.